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Historia de Novatos

Como contaba el genial Paco Gandía, esta es una historia verídica, real como la vida misma, y ocurrida a quien escribe.

Esto sucedió, y así os lo cuento, recién obtenido el título que me habilitaba para patronear embarcaciones de recreo.

El P.E.R., como sabe la mayoría, te permite ser el patrón de una embarcación de recreo de hasta 12 metros de eslora. Para la obtención del título debes pasar por una serie de exámenes, teóricos y prácticos, que supuestamente te enseñan a navegar con garantías suficientes.

Pongámonos en situación:

Te has montado un par de veces en una barquita de 3,4 metros y un motor de 8 cv, sales a pescar y tienes la suerte de triunfar.

Sacas la, hasta ahora, pieza de tu vida y crees que esto es lo tuyo, con un barco mayor podrás hacer mayores pescas y alejarte de la costa para tentar cualquier clase de “bicho”.

-Jaime, ¿qué tengo que hacer para sacarme el titulín?- pregunto al amigo y patrón con el que me inicio en este mundillo que me tiene envenenado.

-Te vas a cualquier escuela náutica y te dan un pequeño cursillo de unas horas, después haces un examen y ya lo tienes- contesta Jaime.

Dicho y hecho, busco y encuentro una escuela cerca de casa a la que me acerco de inmediato.

-Hola, buenos días, quería informarme sobre los cursos para el titulín. -¿Para qué lo necesita realmente?- pregunta la chica que me atiende. -Pues verá, es que he estado con un amigo en su barquita y me ha encantado, aunque no tengo barco me gustaría sacarme algún título náutico para poder salir con él más a menudo- respondo -Se lo preguntaba porque es muy frecuente que nos hagan esta consulta y luego se arrepienten por no haber sacado una titulación superior, ya que se pone uno a estudiar pues lo hace un poco más en serio y saca una titulación de más peso- comenta ella. -Yo no tengo barco y no se si algún día lo tendré, solo quiero tener los conocimientos básicos para estar tranquilo si ocurre algo mientras pescamos- le digo Después de un rato de charla y de presentarme a su marido, director de la escuela, quedamos en que me pensaré seriamente todo lo hablado.

Unos días después vuelvo por la escuela para seguir hablando del tema. -Hola Charo, buenas tardes- saludo cordialmente. Charo es la simpática mujer que me atendió el primer día. Comentamos durante un buen rato mi necesidad verdadera de hacer un curso tan avanzado para lo que realmente creo necesitar. Cuando llega su marido, Jose, seguimos hablando y llegamos a la conclusión de que me tengo que sacar el P.E.R. inmediatamente, me harán un precio de amigo que no puedo desaprovechar y en pocos meses tendré mi carnet en el bolsillo.

Dos tardes en semana acudo ilusionado a la escuela donde me imparten unas clases que me suenan a chino pero que poco a poco me van gustando.

Aprendes una serie de conceptos y palabras que no habías escuchado nunca, comienzas a “tocar” las cartas náuticas y te empieza a apasionar.

Deseas que llegue pronto el día del examen y, una vez en la clase donde te examinan, te salen todos los miedos y dudas. Semanas después, harto de preguntar en la escuela si ya han salido las notas, te pones a pegar saltos de alegría cuando compruebas que tu nombre aparece en la lista de aptos.

-Ahora solo queda hacer las prácticas y ya seré un perfecto marino- me digo.

Llega el ansiado día en que subiré por primera vez a un barco medio en condiciones, una embarcación de 6,5 metros de eslora en la que embarcamos cinco aspirantes a título con mucha ilusión y poca práctica.

El fin de semana es magnífico, atracamos un par de veces cada uno y echamos el ancla otras tantas.

El río Guadalquivir, lleno de tantas historias, es el marco donde desarrollamos las doce horas preceptivas que marca la legislación vigente para que te habiliten para navegar.

-¡Por fin!, ya están hechas las prácticas.

Esto no es tan complicado. Hemos hablado una vez por la emisora para decir en el puerto que salíamos y nos han recibido estupendamente- me digo lleno de euforia.

La emoción me embarga, tengo un título en el bolsillo que me permite llevar un barco de doce metros pero no tengo ni una neumática, esto no puede ser. ¡A buscar barco inmediatamente! Después de mucho buscar encuentro algo que me puedo permitir, una Glastrom de 5 metros, mucho mayor que la que tenía mi amigo Jaime cuando salimos a pescar la primera vez.

Tira y afloja con la náutica y al final me la deja en un buen precio.

Ahora solo queda llevarla a Punta Umbría.

Sorpresivamente puedo elegir entre distintos atraques. -Qué exagerada es la gente- pienso- si me habían dicho que era imposible encontrar atraque en ningún sitio.

Nos encontramos en el mes de abril, tarde calurosa y el barco ya en el atraque.

Más contento que un niño con zapatos nuevos recibo las llaves del barco después de que hayamos comprobado que el motor arranca perfectamente y de que todo está en su sitio.


Me quedo solo y hago un repaso mental de todo lo aprendido durante el curso.

-Veamos, primero comprobar que hay combustible- me acerco al tambucho correspondiente donde se encuentra el depósito metálico de 25 litros- lo intento mover y pesa mucho- magnífico, me lo ha dejado lleno de gasolina- pienso.

Continúo con las comprobaciones y veo que la emisora está conectada, el salvamento completo y a mano, el rezón dispuesto, agua en mi pequeña nevera…todo correcto, estoy listo para salir y dar una vuelta.

Arranco el motor y suelto amarras, no termino de sentarme en el timón cuando oigo un golpe seco y veo que la proa da violentamente contra el pantalán- vaya tela con la corriente que hay, nadie me avisó de que eso era así en este puerto.

Salgo a trompicones y me dirijo a enfilar la ría donde espero disfrutar de un buen rato.

Ya estoy en ella y pongo rumbo al espigón, despacio, como manda el manual.


-Plof, plof, plof y el motor se para- ¿qué ocurre?- pienso- tranquilidad ante todo- me digo aparentando serenidad- esta debe ser la novatada típica del nuevo y algo no habré hecho bien.

El barco comienza a coger velocidad, mucha velocidad, debido a la corriente- bien, esto lo arreglo yo de inmediato, echo el ancla y me quedo fondeado mientras soluciono el problema- pienso mientras me pongo manos a la obra- pero ¡qué pasa!, el barco sigue a toda velocidad dirigiéndose al espigón- ¡¡¡estoy garreando!!!


-¡Puerto deportivo de Punta Umbría, Puerto deportivo de Punta Umbría!- grito desesperado por la emisora- joder, no me reciben, ¡¡¡esto no funciona!!! Tras unos instantes que parecieron meses me pongo en la proa y, de pie, comienzo a bracear convulsivamente y a gritar como si me estuviera persiguiendo una jauría de perros rabiosos- ¡¡¡Socorro, que alguien me ayude!!! Veo algunos pescadores en sus barquitos que me miran como si fuera un apestado y me echan menos cuenta que a una gaviota en un mástil- la madre que los parió, ¿pero es que nadie me va a ayudar? La angustia crece por momentos, el barco continúa a toda velocidad, ya estoy cerca de la punta del espigón y nadie me socorre, solo me queda ponerme un chaleco salvavidas y tirarme al agua- en cuanto que asome por la punta me tiro y que sea lo que Dios quiera- me digo a mí mismo pensando en el maldito día en que estreno barco y a la vez me quedo sin el.

De pronto se aparece el Ángel de la Guarda en forma de barquito que viene al rescate.

Uno de los que me vieron pasar con los brazos abiertos, cual pájaro asustado, recogió sus aparejos y vino en mi ayuda.

Al llegar a mi altura, muy serio él, dijo: -¡Échame un cabo, rápido! El cabo que encontré era más pequeño que una ración de gambas en un restaurante de lujo, pero a falta de otro se lo di casi en la mano.

El trayecto desde que salí del puerto hasta el muelle donde me dejó me enseñó más que todas las clases teóricas que pueda recibir nunca.

El depósito de gasolina no es que pesara mucho, es que estaba tan encajado en el tambucho que no se podía casi mover.

La emisora estaba conectada pero tenía un cable de la antena algo pelado y hacía contacto donde no debía.

El rezón era más pequeño de lo que debiera y con muy poco peso para detener una embarcación como la Glastrom, además el cabo era de diez metros, totalmente insuficiente para un fondeo en condiciones.

La marea estaba bajando, el coeficiente era cercano al 100 y no se me ocurrió mirarlo ni buscar información de lo que significaba eso antes de salir.

Ahora, algunos años después, cuando recuerdo aquellos momentos, todavía me tiemblan las piernas.


Los nervios del momento me impidieron hacer lo correcto, nunca supe quien fue la persona que me remolcó y nunca pude agradecerle, como se hubiera merecido, que es posible que aquel día me salvara la vida.

Si este relato sirve para que alguien que comienza no pase por la misma experiencia habrá merecido la pena el tiempo que he tardado en escribir estas líneas y, si tengo la fortuna de que aquella persona lo lea, que sepa que tengo una deuda con él. De por vida. José Ramón Zumárraga

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